El problema no se va a solucionar porque sigas pensando en el, le dije, y sugerí que demos una vuelta. La etapa de pensar ya había terminado. Un largo silencio apoyado en unas caras de reflexión planas, cascarudas y herméticas y dignas de una condescendencia patética como las que solo un animal sin presa puede transmitir. Un problema eterno. Sí.